Estoy muy asustada, Buster. Sí, por fin.

-Te lo dije. Sólo nos encontramos junto al río un día, eso es todo. Independientes, los dos. Nunca nos hicimos ninguna promesa. Nunca...-Y aquí su voz se apagó y una palidez de enferma se apoderó de su rostro. El coche se había detenido por una luz roja. Entonces abrió la puerta y echó a correr calle abajo; y yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde lo había dejado. No había nadie, ni nada en la calle, excepto un borracho que orinaba y dos monjas negras conduciendo una fila de niños que cantaban dulcemente. Otros niños aparecieron en los umbrales y algunas mujeres se asomaron a las ventanas para ver a Holly andando arriba y abajo por la manzana; iba y venia corriendo y llamando en centinela:

- ¡Tú! ¡Gato! ¿Dónde estás? Ven, gato.

[...] Se estremeció, tuvo que agarrarse de mi brazo para sostenerse:

-¡Oh, Dios mío! ¡Jesucristo! Nos pertenecíamos. Era mío.

Entonces le hice una promesa, le dije que volvería y buscaría al gato.

- Lo cuidaré, también. Te lo prometo.

Sonrió, con aquella nueva sonrisa sin alegría.

- Pero, ¿Y yo, qué?.- Susurró. Y volvió a estremecerse.- Estoy muy asustada, Buster. Sí, por fin. Porque podría continuar para siempre. No saber lo que es tuyo hasta que lo has arrojado. Las horas negras, no son nada. La mujer gorda, no es nada. Esto, sin embargo: mi boca está tan seca que no podría escupir aunque mi vida dependiera de ello.- Subió al coche y se hundió en el asiento.- Perdone, chofer. Vamos


Desayuno en Tiffany´s - Truman Capote

0 comentarios:

Publicar un comentario